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Educar para una cultura de paz
Educar
para una cultura de paz significa educar para la crítica y la
responsabilidad, para la comprensión y el manejo positivo de los
conflictos, así como potenciar los valores del diálogo y el
intercambio y revalorizar la práctica del cuidado y de la ternura,
todo ello como una educación pro-social que ayude a superar las dinámicas
destructivas y a enfrentarse a las injusticias. En
uno de los periódicos informes que la UNESCO realiza y que sirven de
reflexión sobre las dinámicas culturales que se producen en el
mundo, más allá de las estadísticas, Jacques Delors apuntaba que la
educación tiene la misión de capacitar
a cada uno de nosotros sin excepciones en desarrollar todos
sus talentos al máximo y a realizar
su potencial creativo, incluyendo la responsabilidad de sus
propias vidas y el cumplimiento de los objetivos personales” (Delors, 1996). En el informe mencionado, Delors señala
que la educación ha de organizarse
alrededor de cuatro aprendizajes, que serán los pilares del
conocimiento a lo largo de la vida de cada individuo, y que
perfectamente podrían considerarse también los cuatro ejes de la
educación para la paz: 1)
Aprender
a conocer, esto es, adquirir los
instrumentos de la comprensión 2)
Aprender a hacer,
para poder actuar sobre el entorno 3)
Aprender a vivir juntos,
para participar y cooperar con los demás en todas las actividades
humanas 4)
Aprender a ser,
progresión esencial que participa de los tres aprendizajes anteriores Educar para la crítica y la
responsabilidad
Desde
la educación para la paz se ha dicho siempre, y con razón, que hemos
de educar para la disidencia,
la indignación, la desobediencia responsable, la elección con
conocimiento y la crítica, es decir, para salirnos de las
propuestas de alienación cultural y política. Desde esta
perspectiva, la educación para la paz "consiste en analizar este
mundo en que vivimos, pasarlo por la crítica reflexiva emanada de los
valores propios de una cosmovisión pacifista y lanzar a los
individuos a un compromiso transformador, liberador de las personas en
tanto en cuanto que, movidas por ese análisis crítico, quedan
atrapadas por la fuerza de la verdad y obligados en conciencia a
cooperar en la lucha por la emancipación de todos los seres humanos y
de sí mismas, en primer lugar" (Rodríguez, 1994). Es más, y en
palabras del Director General de la UNESCO, "tenemos la obligación
moral de fomentar en nosotros y en nuestros hijos la capacidad de
oponernos a que un sinfín de cosas parezcan normales, cotidianas y
aceptables en el entorno, tanto natural como social... Debemos luchar
contra la pereza y la tendencia al conformismo y el silencio que
la sociedad fomenta" (Mayor Zaragoza, 1994:a). Educar, en otras
palabras, significa dotar al individuo de la autonomía
suficiente para que puede razonar y decidir con toda libertad.
Significa proporcionar los criterios que nos permiten defender
nuestras diferencias y divergencias sin violencia, "fomentar la
capacidad de apreciar el valor de la libertad y las aptitudes que
permitan responder a sus retos. Ello supone que se prepare a los
ciudadanos para que sepan manejar situaciones difíciles e inciertas, prepararlos
para la responsabilidad individual. Esta última ha de estar
ligada al reconocimiento del
valor del compromiso cívico, de la asociación con los demás
para resolver problemas y trabajar por una comunidad justa, pacífica
y democrática" (UNESCO, 1995), porque el derecho y la necesidad
de alcanzar una autorealización personal no ha de ser ni un obstáculo
ni una incompatibilidad con la necesidad de formarnos como ciudadanos
responsables y con conciencia pública. Esto
supone siempre, y en primera instancia, una mirada hacia nuestro
interior, en darnos la posibilidad de decidir y en ejercitar el
derecho de pensar lo que queremos, en imaginarnos un futuro y en
practicar la política en primera persona, sin más intermediarios
iniciales que nuestra propia conciencia, para después coparticipar
con nuestras semejantes, reconociéndonos autoridad (que no poder) y
capacidad creativa, y en asumir que estos actos pueden transformar la
realidad. Pero la educación para la paz ha de ser también una educación
para el encuentro de las individualidades, una educación para la
conspiración, la cooperación, la cesión de confianza, un lugar
donde aprender el manejo de nuestras potencialidades de transformación
y en donde los proyectos culturales se conviertan en actividad política.
El proyecto de cultura de paz, en definitiva, sólo alcanza sentido en
la medida que sea un instrumento útil para movilizar
a la gente, para su propia transformación y la de su entorno.
Frente a la violencia y el terror, además, el discurso de la cultura
de paz habría de ser como una batería para cargar pilas a la
sociedad civil, a sus conciencias y a sus posibilidades de actuación,
y siguiendo a Restrepo, para rebelarse, conquistar el alma y derrotar
cultural y espiritualmente a la violencia, redefiniendo la democracia,
la civilidad y la esfera de lo sacro (Restrepo, 1995-96: 51-56). La
educación es, sin duda
alguna, un instrumento crucial de la transformación social y política.
Si estamos de acuerdo en que la paz es la transformación creativa de
los conflictos, y que sus palabras-clave son, entre otras, el
conocimiento, la imaginación, la compasión, el diálogo, la
solidaridad, la integración, la participación y la empatía, hemos
de convenir que su propósito no es otro que formar una cultura
de paz, opuesta a la cultura de la violencia, que pueda
desarrollar esos valores, necesidades y potencialidades. Es a través
de la educación "que podremos introducir de forma generalizada
los valores, herramientas y conocimientos que forman las bases del
respeto hacia la paz, los derechos humanos y la democracia, porque la
educación es un importante medio para eliminar la sospecha, la
ignorancia, los estereotipos, las imágenes de enemigo y, al mismo
tiempo, promover los ideales de paz, tolerancia y no violencia, la
apreciación mutua entre los individuos, grupos y naciones"
(Symonides, Singh, 1996: 20-30). La
educación es también el eje dinámico del triángulo formado por la
paz, el desarrollo y la democracia, un triángulo interactivo cuyos vértices
se refuerzan mutuamente (Mayor Zaragoza, 1997), por lo que es
igualmente "la herramienta que nos permite
trascender la condición de individuos y llegar a ser personas, es
decir, ciudadanos que aportan a la sociedad, capaces de buscar y
expresar la verdad, de contribuir a que las comunidades y las naciones
alcancen una vida mejor" (Mayor Zaragoza, 1994). Una
educación pro-social y para la convivencia
Como
venimos explicando, la cultura de la violencia impregna todas las
esferas de la actividad humana: la política, la religión, el arte,
el deporte, la economía, la ideología, la ciencia, la educación...
incluso lo simbólico, y siempcon la función de legitimar tanto la
violencia directa como la estructural, y por supuesto, la guerra,
buscando siempre razones y excusas para justificar el uso de la fuerza
y la práctica de la destrucción, y normalmente en nombre de algo
superior, ya sea un Dios o una ideología. La violencia cultural sirve
también para paralizar a la gente, para infundirle el miedo, para
hacerla impotente frente al mundo, para evitar que dé respuestas a
las cosas que la oprimen o le producen sufrimiento. La educación para
la paz, por tanto, ha de ser una
esfuerzo capaz de contrarrestar estas tendencias y de consolidar una
nueva manera de ver, entender y vivir el mundo, empezando por el
propio ser y continuando con los demás, horizontalmente, formando
red, dando confianza, seguridad y autoridad a las personas y a las
sociedades, intercambiándose mutuamente, superando desconfianzas,
ayudando a movilizarlas y a superar sus diferencias, asomándolas a la
realidad del mundo para alcanzar una perspectiva global que después
pueda ser compartida por el mayor número posible de personas. El reto
de la educación y de la cultura de paz, por tanto, es el de dar
responsabilidad a las personas para hacerlas protagonistas de su
propia historia, y con instrumentos de transformación que no
impliquen la destrucción u opresión ajena, y no transmitir
intransigencia, odio y exclusión, puesto que ello siempre supondrá
la anulación de nuestro propio proyecto de emancipación y
desarrollo. Las
propuestas de la educación para la paz, en suma, recogen un amplio
conjunto de propuestas bien conocidas por la psicología y la educación pro-social, y que constituyen el antídoto de las
conductas delincuenciales, violentas y anti-sociales (Uraa, 1997):
afecto familiar, apoyo, autoestima, estimulación desde el entorno,
motivación de logro, mayor grado de empatía y de interés por los
demás, convivencia con normas, límites, patrones y valores; control
de impulsos, desarrollo de la afectividad, educación en los ideales,
en la apreciación de lo distinto, en la reflexión, en la utilización
de la palabra como forma de resolver los problemas; aprender el
sentido de aceptar las consecuencias de nuestros actos (o
inhibiciones), de tomar conciencia de lo que s bueno y de lo que
inaceptable; educar en la comprensión espática, el razonamiento, la
sensibilidad, la atención y la confianza, en interactuar con el
entorno, a ser tolerantes, a dialogar, a ser dúctiles, a tener
capacidad de autocrítica, a saber perdonar, a ser creativos, a tener
curiosidad por la Naturaleza, a no tener reparos en mostrar los
sentimientos, a sonreír, a estar dispuestos para ayudar, a cuidar las
amistades, a ser amables, altruistas y solidarios, en confiar en
nosotros mismos, a razonar de forma objetiva, a admitir los problemas,
el sufrimiento, las frustraciones y las limitaciones propias, a
utilizar el pensamiento alternativo, a ser sinceros (con uno mismo y
con los demás), a desarrollar el sentido del humor, a ser
responsable, a no tener miedo a la libertad, a construir la propia
identidad sin excluir a los distintos, a preguntar y a preguntarse, a
no imponer el criterio propio, a buscar un equilibrio entre la
exigencia de derechos y los deberes... Aprender a transformar los conflictos
La
resolución o transformación positiva de los conflictos pasa,
inevitablemente, por reforzar
la capacidad de actuación (el llamado "empoderamiento") de
quienes sufren directamente el conflicto, esto es, por llevar la
estructura de la gestión del conflicto lo más cerca del pueblo que
padece sus consecuencias. Muchos conflictos desaparecerían o
disminuirían en intensidad si en el momento oportuno y en sus
primeras manifestaciones se hubiera promovido el diálogo
intercomunitario, las organizaciones locales hubieran tenido los
medios adecuados para intervenir socialmente, y se hubieran movilizado
a tiempo las fuerzas espirituales, tradicionales, económicas,
sociales e intelectuales del lugar (Sahnoun, 1995). En este sentido, la
cultura es también un recurso para la transformación de los
conflictos, porque "está enraizada en el conocimiento social
y representa un vasto recurso y una rica semilla para producir una
multitud de aproximaciones y modelos en relación con el conflicto. El
conocimiento y la herencia cultural acumulada por la gente es un
extraordinario recurso para desarrollar estrategias apropiadas de
conflicto dentro e su propio contexto" (Lederach, 1996: 120). Si
observamos la influencia de los diferentes sectores que transmiten
educación, veremos que ésta ha ido variando con el tiempo, y de
forma muy acelerada en los últimos decenios, de manera que
la familia ya no es en muchos casos el factor esencial de la educación,
como tampoco lo es la escuela, porque ésta está siendo afectada
por la creciente desestructuración social, que siempre genera
violencia. Y si se generaliza la violencia en las aulas, en las
escuelas, es "porque vivimos en una sociedad dura, agresiva y
violenta. La sociedad se desvertebra y acaba siendo un conglomerado de
individuos a la deriva, sin autoridades moralmente creíbles y sin
referentes colectivos en los que echar el ancla y evitar el naufragio
(Caivano, 1997). El pánico a asumir la responsabilidad individual, el
abandono afectivo y el tremendo hechizo que produce la televisión y
algunas músicas, especialmente en los jóvenes, nos obliga a
reflexionar sobre esta nueva realidad, y a buscar alternativas que
compensen la pérdida de antiguas referencias en mucha gente, la
ausencia de modelos adultos constructivos, la fragilidad de los vínculos
sociales, la pérdida de referencias morales, tradiciones y valores, y
el derrumbamiento de pautas culturales capaces de frenar pasiones
destructivas. Cuando
analizamos los actores de los actuales procesos conflictivos de carácter
destructivo, observamos con inquietud que existen paralelismos entre
el comportamiento de individuos que viven en países con un nivel de
desarrollo económico o con patrones culturales completamente
diferentes. Hay algo que parece conectar a algunos jóvenes de
Somalia, Bosnia, Ruanda, Burundi, el País Vasco, Palestina y Liberia,
para poner unos ejemplos: son actores que parecen entrenados y "educados" para impulsar dinámicas
de enfrentamiento, que con frecuencia han sido alimentados con
muchas semillas de odio por sus propias familias, y que han vivido en
situaciones sociales, políticas o económicas propicias para el
conflicto, como resultado de la pobreza, la injusticia, la marginación,
el autoritarismo, la frustración o la falta de oportunidades, pero
también como resultado de la influencia de algunos medios de
comunicación, que presentan como "radicales" y dan
protagonismo mediático a quienes, fascinados por la estética de la
violencia, quizá sólo "juegan a ser violentos", porque no
saben como expresar una inquietud, un vacío, la incertidumbre, el
sentimiento de podredumbre, la rabia o su deseo de mostrar su
masculinidad, o porque algunos grupos consideran que la publicitación
de sus actos a través de los medios es la única forma de conseguir
un reconocimiento público de su identidad. Nuestra cultura ha
impuesto el lema de que "los jóvenes, los recios y los osados
deben tener su cuota de peligro de enfrentamiento de obstáculos"
(Aisenson, 1994), pero este tipo de sentimientos y licencias son los
que también alimentan el abanico de justificaciones de jóvenes
terroristas. Todo ello está agravado, además, por la existencia de
películas, seriales, videoclips, músicas y publicidad que en muy
pocos casos les enseñan a resolver positivamente sus propios
conflictos, sino más bien todo lo contrario. Como colofón, aquí y
allá asistimos al desprestigio de la actividad política, merced a la
corrupción de mucha gente que se dedica a esta actividad, al divorcio
entre ética y política, y en momentos donde se esfuman algunas
referencias ideológicas de peso, y la espiritualidad, la humanidad y
la búsqueda de la belleza no acaban de substituir a las piedras
religiosas que se han resquebrajado. El patriarcado y la mística de la
masculinidad
Cuando
hablamos de paz o analizamos situaciones conflictivas nos encontramos
siempre con factores no
materiales y no cuantificables, muy presentes y con una gran
capacidad de influencia, que determinan muchas veces el inicio, el
desarrollo o el final de un conflicto o de un proceso de paz, o todo a
la vez. Me refiero a factores de naturaleza cultural, a los
sentimientos, a la memoria histórica, a las emociones, a las
manipulaciones, a la capacidad de perdonar y de odiar, a la facilidad
con que nos dejamos persuadir y sugestionar por ideas vacías o por símbolos
divisorios, y a tantas cosas que pertenecen al lado nocturno, a los
elementos emocionales y analógicos del espíritu humano, y del que
los hombres sabemos más bien poco. Las mujeres, por fortuna, mucho más.
Parece
oportuno aprovechar esa referencia de géneros o de sexos, como se
prefiera, para referirnos a algo fundamental para el esclarecimiento
de lo que ha sido y es la cultura de la violencia y para ver cómo
enfocar la educación para la paz en el futuro: la mística de la
masculinidad y el peso del patriarcado en la configuración de la
cultura de la violencia. Aclaremos, para empezar, que la historia de
la violencia, de la guerra y de la crueldad organizada es también la
historia del hombre, no de la mujer. Hay algo tan secular en el protagonismo
de la violencia por parte del arquetipo viril, que uno tiene la
tentación de acudir a la biología para descubrir las razones de esta
empecinada recurrencia del género masculino hacia lo destructivo, y
para utilizar la fuerza física para dañar o tener poder sobre otras
personas. Por fortuna, sabemos que este cáncer no es universal, y que
muchos hombres lo detestan en la teoría y en la práctica. Sabemos
también de mujeres que se comportan de otro modo, con lo que no vamos
a dar oportunidad a la biología para que nos explique lo que sólo es
comprensible desde el campo de la cultura. Durante
algunos milenios, la humanidad ha vivido bajo las normas del patriarcado,
un sistema de dominación e imposición masculina que no sólo ha
subyugado a la mitad de la población del planeta, las mujeres, sino
que también ha despreciado o infravalorado unos valores que ahora
reivindicamos como esenciales, y que ha permitido explotar
abusivamente a la Naturaleza. Los hombres han controlado la vida desde
todos los niveles posibles: las doctrinas religiosas, los mitos, las
leyes, las estructuras familiares, la sexualidad y los sistemas
laborales, emocionales, psicológicos y económicos, y han abusado del
cuerpo de las mujeres, estableciendo con todo ello un modelo de
dominación que avala otras formas de imposición sobre el resto de
seres, y cuyo instrumento esencial ha sido el uso de la violencia o la
amenaza de usarla. Para avalar ese orden patriarcal y su instrumento,
la violencia, se han creado una serie de mitos todavía presentes en
el mundo de hoy, que justifican la violencia como algo necesario para
la supervivencia humana, obviando que el elemento esencial de la
supervivencia de nuestra especie ha sido siempre la cooperación, y no
la lucha (Genovés, 1971). Pero una vez que la capacidad de matar por
los hombres fue considerada más importante y necesaria que la
capacidad de dar a luz de las mujeres, se puso en marcha un sistema de
dominación autosostenido y autoperpetuado. De esta forma (Sky 1997:
56-57), "los usos de la cultura
de dominación han conocido una evolución y una mejora
constantes, mientras que lo esencial de una cultura
de cooperación (rasgos no adaptativos en el mundo patriarcal),
han quedado atrofiados. Las armas, herramientas, tecnologías, símbolos,
escrituras, relatos, prácticas, hábitos y leyes que incrementan el
poder y la efectividad de la élite dominante han tenido mucha
relevancia a nivel evolutivo y por tanto han atraído gran parte de
las energías del intelecto y del esfuerzo creativo humano. La evolución
humana ha ido perdiendo gradualmente el componente cooperativo para
favorecer el estrictamente competitivo, base del sistema de dominación".
La
guerra y cualquier forma de violencia organizada son fenómenos
culturales, y como tales, se aprenden y se desaprenden. Dicho en otros
términos, tanto la guerra como la paz son frutos culturales, son
resultados de decisiones humanas y de empeños sociales. La paz, a fin
de cuentas, no es otra cosa que la síntesis de la libertad, la
justicia y la armonía, que son tres elementos vivos y dinámicos que
no dependen de la biología. Pueden o podemos educarnos para una cosa
o para la otra, por lo que el ideal de ilegitimar moralmente la
violencia es un reto cultural de primera magnitud, porque estos
cambios culturales son los que un día harán posible acabar con la
secular estupidez de que los estados y los pueblos busquen legitimarse
y dotarse de identidad a través de la guerra y del armamento, cuando
ambas cosas no son más que instrumentos de muerte, y como nos decía
Virginia Wolf en 1938, no podemos pasar por alto que los hombres
encuentren cierta gloria, cierta agresividad y cierta satisfacción en
la lucha, algo que las mujeres jamás han sentido ni gozado (Wolf,
1980: 14). Terminar con esa fascinación que el sexo
masculino siente por la violencia
es uno de los grandes retos que tiene, no sólo la educación para la
paz, sino la misma convivencia humana, y es un factor esencial, sino
el más importante, de la cultura de paz. Es difícil encontrar un
conflicto armado en el que este mal no se vea reflejado de un modo u
otro. Dejo al libre criterio de quién lee estas páginas imaginarse
tres o veinte escenas de enfrentamiento armado o de violencia cruel;
verán que en un 95% de los casos los actores son masculinos. Debemos
interrogarnos porqué eso es así y cómo transformarlo. Y ya que el
desarrollo de la cultura de paz depende en gran parte de los logros
que consigamos en ese campo, creo que lo más apropiado es que
prestemos atención a lo que piensan, dicen y hacen las mujeres, tanto
en la acción social como en el campo de la teoría. Educar para la mediación y el
intercambio
El
pensamiento feminista nos recuerda que el eje y medida del orden
sociosimbólico que tenemos es la guerra y la destrucción de la obra
materna, porque el poder es esencialmente el poder de destruir, los
valores de la guerra son proporcionales a su poder de destrucción
(Horvart, 1985: 120), y porque existe una relación
entre la invención social de la guerra y la masculinidad. El
poder y la guerra son un "continuun" del patriarcado. Se
habla incluso de la "envidia del útero", para describir al
deseo de algunos hombres de apropiarse del poder de dar vida de las mujeres, por lo que para
algunos el poder de destruir la vida se convertiría en el equivalente
del poder femenino de crearla. Así, mucha de la violencia ejercida
contra las mujeres tiene su explicación en el miedo o terror que
sienten algunos hombres a perder su identidad y posición de dominio
en el sistema patriarcal, y al miedo que puedan sentir ante el poder
de la mujer de dar la vida. Las
mujeres nos invitan a inventar
mediaciones creadoras de realidad nueva, a relacionarnos con el
mundo entero a través de la mediación de otras (mujeres), a partir
del reconocimiento de nuestra propia experiencia personal (partir de sí)
(Cigarini, 1996; Rivera, 1996: 31-35), a que nombremos el mundo en
femenino, esto es, a que tengamos un sentido más femenino del mundo,
lo que en términos más teóricos se llamaría "romper
con el orden simbólico patriarcal", juntando la razón y la
vida, es decir, la cultura y la naturaleza, la palabra y el cuerpo, y
valorando la dimensión de la experiencia cotidiana, la afectividad y
las relaciones. Uno de los medios propuestos es substituir el poder
por la autoridad, que son dos cosas completamente distintas. Una
autoridad, además, enraizada en un orden materno, en el
reconocimiento de la autoridad de la madre, que nos ha dado la vida y
la palabra (Irigaray, 1985; Muraro, 1984). En la historia, el
ejercicio del poder ha equivalido al ejercicio de la violencia, porque
el orden patriarcal identifica autoridad y poder, con la violencia
intrínseca que eso conlleva. El ejercicio de la autoridad, en cambio,
equivale al ejercicio del respeto y no está reñido con la vida, el
amor o la gratitu (Rivera, 1994)d, y como veremos posteriormente,
posibilita la resolución de los conflictos en la medida que implica
una práctica constante de negociación y diálogo. Otra
de las propuestas es la práctica
de la relación de intercambio, que comporta el reconocimiento de
la autoridad a quien atiende y sustenta mi deseo. "La autoridad
-nos recuerda Rivera- es de raíz femenina y es distinta del poder
porque atiende al deseo de cada ser humano de existir y de convivir en
el mundo, no gestiona las parcelas de privilegio para conservar o
alcanzar algo, caiga quien caiga en el camino" (Rivera, 1997:
57). Se trata, por tanto, de substituir la práctica del "poder
sobre" por el concepto de "poder de", o
"empoderar", que supone capacitación, autonomía y
voluntad. Y repesco aquí algo señalado por Fromm en 1970, cuando
advertía de la esquizofrenia derivada de la escisión entre afecto y
pensamiento , con el resultado de hostilidad y de indiferencia
respecto a la vida, por lo que apelaba a la sensibilidad del ser
humano, y no sólo a la inteligencia y a la lógica (Fromm, 1984). La
propuesta del feminismo de practicar la relación (con la madre, con
las mujeres, con los demás seres) y de hacer de ello una práctica
política, supone abandonar el principio patriarcal de intercambiar
exclusivamente mediante el dinero. El nuevo tipo de relaciones humanas
que nos propone conlleva una ruptura con el paradigma del
Mercado-Dios, y es una invitación a relacionarnos mediante la mediación
amorosa, y no de la fuerza, estando en el mundo "de una manera
otra, con una palabra otra" (Rivera, 1997). La propuesta, como se
puede observar, coincide plenamente con el discurso de la filosofía
discursiva y con los planteamientos del pacifismo contemporáneo. Los medios de comunicación y los
valores
Myriam
Miedzian, en un excelente y sugerente libro que gira alrededor de este
tema, analiza con detalle cómo se ha ido formando esa fascinación
masculina por la violencia, y el tremendo precio que hombres y mujeres
pagamos por mantener unos arquetipos
masculinos inútiles, destructivos y primitivos, de los que
finalmente todas las personas resultamos ser víctimas. Miedzian señala
como principales valores de la mística masculina: la dureza y la represión
de la sensibilidad (el miedo, el lloro, etc.), el afán de dominio, la
represión de la empatía y de las preocupaciones morales, y la
competitividad extrema, que condiciona a los hombres a valorar por
encima de todo la victoria y la gloria, y a encerrarse en las dicotomías
de nosotros/ellos o ganar/perder. Toda esa mística conduce a la
violencia, sea criminal, doméstica o política, porque de ahí se
legitima la patrioterismo, el militarismo y la hombría, y muy
especialmente, conduce a la aceptación y glorificación de la guerra
y la violencia, porque desde la más tierna infancia se enseña a los
hombres a demostrar su masculinidad a través de la violencia
(Miedzian, 1996). Además, una de las mayores fuentes de legitimación
cultural de las guerras han sido las mismas religiones, y como ha
dicho Boulding, "la cultura de la guerra Santa es una cultura
guerrera masculina dirigida por el dios patriarcal guerrero"
(Boulding, 1992: 35). Miedzian
pone particular atención al efecto
acumulativo que tiene en los niños el hecho de estar rodeados de
tanta violencia. "En la TV o en las películas, en los
combates de lucha libre, en los conciertos de heavy metal o de rap, en
los juguetes o en los deportes, el mensaje generalizado es que la
violencia es aceptable y divertida... Cuando los niños crecen viendo
centenares de miles de horas de programas de TV y películas en las
que las personas son atracadas, tiroteadas, apuñaladas, destripadas,
rajadas, despellejadas o descuartizadas; cuando los niños crecen
escuchando música que glorifica la violación, el suicidio, las
drogas, el alcohol y el fanatismo, es bastante poco probable que se
conviertan en el tipo de ciudadanos participativos, educados y
responsables que nos pueden ayudar a alcanzar dichos valores y
objetivos" (Miedzian, 1996: 349-353). Analizando
el contenido violento y erótico de los videojuegos, Pérez Tornero ha
señalado también que "el mercado del regalo infantil... logra
imponer sus valores de aceleración, competitividad, de una agresión
cada vez más cruda y e una sorda ansiedad por lograr emociones cada
vez más fuertes... La mayoría de los videojuegos suelen constituir
una oportunidad para que el niño o el adolescente transgreda
ostentosamente -y, a veces, ridiculice- aquellos valores y reglas que
los adultos intentan sostener moralizadoramente en el mundo real"
(Pérez Tornero, 1997: 6). ¿Cómo
superar esta mística, inventada para convertir a los jóvenes en
soldados obedientes, dispuestos a sacrificar sus vidas para que la
hombría de los líderes políticos quede intacta? Al hablar de políticas
de paz, con frecuencia tenemos la mala costumbre de mirar
excesivamente hacia arriba, buscando a la ONU o la mediación de las
grandes potencias, o pensamos en las grandes transformaciones económicas
que puedan cambiar la vida de pueblos marginados, y nos olvidamos de
que la base de la práctica de la paz está también en nuestro
entorno y en nuestra vida cotidiana. Permitánme que, de la mano de
Elise Boulding, recuerde dos muestras claras de acción y de cultura
de paz que están en nuestra vida diaria y que están en la base de la
superación de la mística de la masculinidad. Una es el nutrir,
esto es, la cultura practicada por las mujeres en la crianza y el
cuidado de las criaturas y ancianos, y es el ejemplo de que la cultura
de las mujeres está orientada también hacia el futuro, puesto que
estas prácticas tienen en cuenta las necesidades del mañana, y el
sostenimiento de la vida ha estado siempre por encima de las ideologías,
de ahí que el proyecto de cultura de paz pase por
colocar la vida en el centro de la cultura. La práctica del
nutrir, como podemos comprobar, es una práctica
"sostenible" desde hace siglos, y como nos recuerda
Boulding, "si los hombres dedicaran más tiempo con los niños y
aprendieran nuevos instrumentos de escucha y relación, se pondría en
marcha un proceso que ayudaría a reducir los comportamientos
violentos y equilibraría la balanza entre temas culturales de paz y
agresión" (Boulding, 1992: 107-133). La
otra experiencia se refiere a la práctica constante de la negociación para solucionar esos pequeños conflictos que surgen en
el seno familiar, y se basan en nuestra capacidad de humanidad. La
familia es, o puede ser, una auténtica universidad de gestión de
conflictos si sabemos actuar con un mínimo de inteligencia y
humanidad. Es ahí, y también en la escuela y en otros espacios de
socialización, donde hay numerosas oportunidades para aprender a
manejar los utensilios de la cultura de paz. Educar para el cuidado y la ternura
Efectivamente,
la terapia de superación de la mística masculina pasa, en primer
lugar por moderar aquellos
valores de dureza, dominio, represión y competitividad, realzando
en cambio los de la cooperación y responsabilidad social, y en socializar
a los hombres (corresponsabilizarlos) en la práctica del cuidado,
empezando por sus propios hijos, porque la participación de los
padres en la crianza es un freno en el uso de la violencia, primero en
ellos mismos, y después en sus hijos. Se trata en definitiva de introducir
la expresión del cariño y la ternura en la vida de los hombres, de
que no repriman la empatía, para así aumentar su responsabilidad
sobre el coste humano y social de sus actos, tanto en la vida familiar
como en la política. Terminar con la vinculación entre masculinidad
y violencia es, por tanto, una estrategia de paz. No
en vano, como ha señalado el psicoanalista colombiano Luis Carlos
Restrepo, "para extender la economía guerrera a la vida
familiar, afectiva, escolar y productiva, Occidente ha favorecido la
disociación entre la cognición y la sensibilidad, sentándola como
uno de sus axiomas filosóficos" (Restrepo, 1997: 45). Así las
cosas, la ternura pasaría a ser un dique para que nuestra agresividad
no se convierta en violencia destructora, un facilitador para
"aceptar al diferente, para aprender de él y respetar su carácter
singular sin querer dominarlo". Desde este prisma, la cultura de
la violencia impide la expresión de la singularidad, porque es
intolerante frente a la diferencia, por lo que Restrepo nos invita a
que avancemos "hacia climas afectivos donde predomine la caricia
social y donde la dependencia no esté condicionada a que el otro
renuncie a su singularidad" (Restrepo, 1997: 137). Resulta
paradójico que, a estas alturas, y aún sabiendo los efectos
perversos de la mística de la masculinidad, sea tan difícil
introducir cambios en estos comportamientos. Esto es así porque el
comportamiento masculino sigue siendo la norma, y como tal no se
cuestiona, y al ser la violencia también normativa, muchas veces
tampoco se pide justificarla. La masculinidad excusa al hombre
violento porque presenta su violencia como algo normal y natural, con
lo que muchas veces deviene "la primera opción" a
considerar. De ahí la importancia de educarlo en los valores de la
acción no-violenta. Pero, citando de nuevo a Miedzian, "lo que
hasta ahora se ha visto como el comportamiento normal de los hombres
y, en consecuencia, el de toda la Humanidad, es el resultado de una mística
de la masculinidad destructiva e históricamente superada. Puesto que
la conducta masculina es la norma, la guerra y la violencia no sólo
se aceptan como componentes centrales y normales de la experiencia
humana sino que las convierte en eventos excitantes y heroicos"
(miedzian, 1996: 48). El
empeño en construir una cultura de paz pasa, entonces, por desacreditar todas aquellas conductas sociales que glorifican, idealizan
o naturalizan el uso de la fuerza y la violencia, o que ensalzan
el desprecio y el desinterés por los demás, empezando por disminuir
al máximo posible el desinterés y el abandono de los más pequeños,
con objeto de que estas criaturas puedan vivir experiencias de cariño,
respeto, implicación, amor, perdón y protección, y después, de
mayores, puedan transmitir estas vivencias a otras personas con mayor
facilidad. Evidentemente, además
de socializar de otra forma a los hombres, este proyecto supone también
garantizar el acceso de la
mujer a la educación y posibilitar su autonomía económica, ya
que esta igualdad de oportunidades es un requisito previo para lograr
los cambios de actitudes y mentalidades de los que depende una cultura
de paz. Como se apuntó en la Conferencia de Pekín sobre la Mujer,
"las mujeres aportan a la causa de la paz entre los pueblos y las
naciones experiencias, competencias y perspectivas diferentes. La
función que cumplen las mujeres de dar y sustentar la vida les ha
proporcionado aptitudes e ideas esenciales para unas relaciones
humanas pacíficas y para el desarrollo social. Las mujeres se
adhieren con menos facilidad que los hombres al mito de la eficacia de
la violencia y pueden aportar una amplitud, una calidad y un
equilibrio de visión nuevos con miras al esfuerzo común que supone
pasar de una cultura de guerra a una cultura de paz" (UNESCO,
1995). (por falta de espacio
solo compartimos una parte del artículo, si
es de su interés solicite el articulo completo y le será enviado de
vuelta)
AMIGO LECTOR, SI LE INTERESA EL TEMA O TIENE ALGUNA OPINION QUE COMPARTIR...
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